El corazón tiene sus razones que la razón no conoce

Lic. Mariano Montoya

2/1/20264 min read

two person wearing crew-neck t-shirt
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Blaise Pascal, este gran físico y matemático de la lógica pura, sabía que había cosas que escapaban a la razón, al pensamiento lógico, a aquello que podemos controlar.

A veces pienso que la gente gasta más energía en ser consciente de qué zapatillas elige que de qué pareja elige, quizás porque la elección de pareja está rodeada de metafísica y de una profunda falta de control.

«Le cœur a ses raisons que la raison ne connaît point» (El corazón tiene sus razones que la razón no conoce).

Esta profunda sentencia de Blaise Pascal, el genial físico, matemático y filósofo de la lógica pura, resuena como un eco de la ineludible verdad de que existen esferas de la experiencia humana que escapan al dominio de la razón y del pensamiento lógico más riguroso. Pascal, quien dedicó su vida a desentrañar las leyes del universo y a perfeccionar las herramientas del razonamiento, sabía mejor que nadie que no todo es reductible a una ecuación o a un silogismo. Existen fenómenos, especialmente en el ámbito de las emociones, la fe y el amor, que se resisten a ser controlados o predichos.

Si aceptamos la premisa de Pascal, la creencia popular de que todo en la vida está absolutamente dominado por la voluntad individual se desmorona estrepitosamente. Esta consigna de control absoluto —tan propia de la modernidad y de la autoayuda— se revela como una ilusión reconfortante, pero frágil. Si ni siquiera nuestra propia razón —el instrumento que se supone nos da dominio sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno— puede conocer las motivaciones más profundas de nuestro corazón, ¿cómo podríamos afirmar estar “dominados” por la voluntad o por la elección consciente?

La pregunta es crucial: ¿estamos realmente en control si la misma sede de nuestra conciencia y de nuestro deseo opera con una lógica interna que nos es ajena? A veces se observa una paradoja en el comportamiento humano: la gente parece dedicar más energía mental y más tiempo a investigar y a ser “más consciente” de elecciones superficiales, como la marca de zapatillas que compra, que a discernir —o siquiera intentar comprender— la base de elecciones trascendentales, como la pareja que elige para compartir su vida.

¿Por qué ocurre esto? Quizás porque la elección de pareja, a diferencia de la elección de un objeto de consumo, está irremediablemente rodeada de una inmensa metafísica y, fundamentalmente, de una angustiante falta de control. Elegir unas zapatillas es un acto de lógica utilitaria y estética: se puede justificar, argumentar y racionalizar. Elegir a una persona, en cambio, es un salto al vacío, una entrega a esa lógica del corazón que la razón ignora. Involucra una química inexplicable, la noción de destino y un riesgo de pérdida que no se puede calcular.

El amor y las relaciones íntimas, por lo tanto, representan la antítesis del pensamiento puramente lógico y dominado por la voluntad. Son el terreno donde la lógica de Pascal triunfa, recordándonos que somos seres inevitablemente imperfectos, complejos y, en gran medida, impulsados por fuerzas internas y externas que no podemos encapsular en una lista de pros y contras. Aceptar la falta de control sobre estos asuntos es, paradójicamente, el primer paso hacia una conciencia más profunda y honesta de nuestra propia humanidad.

En el proceso analítico emergen con frecuencia interrogantes fundamentales que buscan desentrañar la matriz de nuestras decisiones y trayectorias vitales. Preguntas como: «¿Por qué me casé?», «¿Qué me llevó a la separación?», «¿Por qué elegí esta profesión o este trabajo?» o «¿Cuál fue el motor detrás de aquella decisión crucial?» resuenan constantemente en la sesión.

Es innegable que ejercemos un acto de elección continua; la vida es una sucesión de selecciones, grandes y pequeñas. No obstante, lo que conscientemente elegimos y la manera en que justificamos ese proceso a menudo constituyen solo un pálido reflejo —o, mejor dicho, un resto elocuente— de fuerzas mucho más profundas y escurridizas: las que podríamos llamar las “razones del corazón”, en el sentido pascaliano, o las pulsiones y los dictados del inconsciente, utilizando la nomenclatura psicoanalítica.

La elección no es un acto puro de la voluntad racional; está intrínsecamente condicionada, moldeada y dirigida por deseos, miedos, fantasías y mandatos internos que operan fuera del foco de la conciencia. Elegimos, sí, pero somos elegidos por esas fuerzas internas antes de elegir. La elección consciente es, a menudo, la puesta en acto de un guion prescrito en la penumbra psíquica.

Quizás, entonces, el objetivo cardinal del análisis no sea meramente responder a esas preguntas con una narrativa causal simple, sino precisamente develar la compleja red de pequeñas fuerzas, pulsiones, identificaciones tempranas y traumas no resueltos que actúan como hilos invisibles, conduciéndonos a determinados lugares. Estos “lugares” pueden ser escenarios de repetición dolorosa y persistente, patrones de autodestrucción o de estancamiento.

Pero, crucialmente, el análisis también busca alumbrar cómo estas mismas energías pulsionales, una vez reconocidas y trabajadas, pueden resignificarse para impulsarnos hacia instancias de cambio, transformación profunda y auténtica realización personal. El análisis es la disciplina que intenta hacer consciente lo inconsciente, para que la elección deje de ser una fatalidad y pueda convertirse, finalmente, en un acto verdaderamente libre.