El laberinto invisible: salud mental y el arte de perderse sin muros
Lic.Mariano Montoya
3/25/20264 min read
Recuerdo vívidamente cuando, siendo joven, leí por primera vez "Los dos reyes y los dos laberintos", aquel singular cuento de Jorge Luis Borges incluido en El Aleph . En él, un rey de Babilonia construye un laberinto de piedra, deliberadamente cruel, para humillar a un rey árabe visitante. El huésped queda atrapado, desorientado, y solo escapa tras rogar a Dios. Años más tarde, el rey árabe regresa victorioso y conduce al babilonio a su propio laberinto: el desierto. Lo abandona allí, sin muros, sin puertas, sin caminos marcados. Y el rey perece. Borges cierra con una sentencia que nunca abandonó mi memoria: "Este es el laberinto en que no hay escalera que subir, ni puerta que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso."
Aquella narración transformó para siempre mi concepción de lo que un laberinto realmente es. Dejé de concebirlo como una red de senderos con muros tangibles y trazado visible. La revelación fue más inquietante: el laberinto más perfecto —y más cruel— es el que no tiene forma reconocible, el que se confunde con la libertad y con el horizonte abierto. Uno puede estar completamente perdido en él sin experimentar la sensación de estar encerrado. Y esa es, precisamente, su mayor trampa.
El inconsciente como laberinto sin arquitectura
Desde el psicoanálisis, esta imagen resulta extraordinariamente precisa. Freud nos enseñó que el psiquismo no es transparente para quien lo habita. El inconsciente no se presenta como una mazmorra con rejas visibles, sino exactamente como ese desierto borgeano: un espacio aparentemente abierto, sin obstáculos evidentes, en el que sin embargo el sujeto da vueltas en círculo sin saberlo, repitiendo los mismos recorridos, topando con los mismos puntos de imposibilidad, una y otra vez.
La repetición —uno de los conceptos centrales de la clínica psicoanalítica— es precisamente eso: el síntoma más elocuente del laberinto invisible. El paciente no experimenta sus dificultades como el efecto de una trampa; las experimenta como fatalidad, como carácter, como mala suerte o como una condición casi natural de su existencia. "Siempre me pasa lo mismo", dicen. "No sé por qué, pero termino en el mismo lugar." Y tienen razón en la descripción. Pero no porque el mundo los persiga, sino porque transitan el mismo laberinto sin poder ver sus paredes, sin sospechar siquiera que las hay.
Esta ceguera no es negligencia ni falta de inteligencia. Es la condición estructural del inconsciente. El sujeto no puede ver aquello que lo organiza desde adentro, del mismo modo en que el ojo no puede verse a sí mismo sin un espejo. Por eso el sufrimiento psíquico es tan desconcertante: duele con la misma intensidad que cualquier herida visible, pero no muestra cicatriz. No tiene coordenadas claras. No admite el simple diagnóstico de "acá está el problema, acá está la solución."
Las palabras que nos anteceden
Lacan, por su parte, profundizó esta idea al señalar que el sujeto está estructurado por un lenguaje que lo precede y que nunca domina del todo. Antes de nacer, ya había palabras esperándonos: expectativas familiares, mandatos silenciosos, nombres cargados de historia, significantes que organizaron el deseo de quienes nos trajeron al mundo. Todo eso sedimenta en nosotros sin que podamos recordarlo, sin que podamos señalarlo con el dedo, sin que hayamos dado consentimiento alguno.
Esas palabras que nos dieron forma constituyen una arquitectura invisible que orienta —y desorienta— nuestra vida de maneras que frecuentemente ignoramos. Elegimos parejas que reproducen viejos vínculos. Huimos de situaciones que inconscientemente asociamos a experiencias tempranas. Repetimos, con distintos actores y escenarios, el mismo guion que creíamos haber abandonado hace mucho. El laberinto no está afuera. Está tejido en la trama más íntima de nuestra subjetividad.
La consulta como primer mapa
En este contexto, la decisión de consultar a un profesional de la salud mental adquiere un sentido muy particular y, creo, más honesto que el que suele ofrecerse. No se trata de encontrar la salida del laberinto de una vez y para siempre. Tampoco se trata de eliminar el malestar como quien elimina un síntoma físico con el medicamento correcto. Se trata, en primer lugar, de algo más fundamental: comenzar a percibir que hay un laberinto. De advertir que ese desierto que parecía naturaleza, paisaje neutro, condición inevitable de la propia vida, tiene en realidad una estructura que puede ser explorada y, en cierta medida, comprendida.
El trabajo clínico es, en este sentido, un trabajo cartográfico. No se dibuja el mapa de antemano —no existe un mapa universal del psiquismo humano— sino que se construye en el propio recorrido, en la escucha atenta de los rodeos, las repeticiones, los lapsus, los sueños, los silencios que dicen tanto como las palabras. Cada sesión agrega un contorno más al territorio. No para borrarlo ni para simplificarlo, sino para habitarlo de otro modo, con mayor conciencia de dónde se está y hacia dónde se tiende a ir.
Porque a diferencia del rey babilonio, que perece en el desierto sin comprender el laberinto en el que fue arrojado, el trabajo analítico ofrece algo radicalmente diferente: no la promesa de salir, sino la posibilidad genuina de orientarse. De dejar de repetir el mismo recorrido sin saberlo. De relacionarse de otro modo con el propio deseo, con el propio malestar, con los vínculos que se construyen y se destruyen.
Habitar el laberinto de otro modo
La salud mental —y con ella todo proceso terapéutico serio— no persigue la ilusión de un psiquismo sin conflicto, liso y sin sombras. Esa imagen, tan instalada en ciertos discursos de bienestar contemporáneos, se parece más al laberinto babilónico: ordenado, visible, controlable. Pero la experiencia clínica enseña que el conflicto es constitutivo de la vida psíquica. No se trata de suprimirlo, sino de transformar la relación que el sujeto mantiene con él.
Borges, con la economía de medios que lo caracterizaba, lo supo antes que nadie: el laberinto más poderoso no necesita muros. Le basta con ser invisible. La salud mental es ese territorio. Y el trabajo de explorarla —con un otro que escucha, que no juzga, que acompaña el recorrido sin pretender conocer el destino— es quizás uno de los actos de valentía más silenciosos y más profundos que un ser humano puede emprender.
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