Hay gente que no se suicida, pero desaparece igual.

Lic. Mariano Montoya

3/17/20264 min read

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Hay gente que no se suicida, pero desaparece igual.

No sale en los diarios, no deja carta, no genera ese silencio incómodo de los velorios. Simplemente un día deja de ser quien era. Y lo hace con una prolijidad casi burocrática: cambia hábitos, amistades, palabras, incluso la forma de mirar. Como si archivara su vida anterior en una carpeta gris que nadie vuelve a abrir.

Desde el diván —ese territorio donde uno viene a contar lo que no le diría ni al mozo del bar— estas muertes son más frecuentes de lo que se cree. Y, a diferencia del suicidio biológico, no buscan terminar con el dolor sino reorganizarlo. Hacerlo más soportable, más narrable.

Porque el problema nunca es solo lo que pasó. El problema es quién queda después.

Un tipo que se divorcia, por ejemplo, no pierde solo a su pareja. Pierde una versión entera de sí mismo: el que volvía a casa, el que discutía por boludeces domésticas, el que tenía a alguien que lo confirmaba en su papel. Cuando eso se rompe, hay dos opciones: insistir con ese personaje como un actor sin obra… o matarlo.

Y ahí aparece el gesto silencioso del suicidio simbólico.

No es heroico. Tampoco es limpio. Es más bien torpe, a veces contradictorio. El paciente dice “ya no soy el mismo” con una mezcla de alivio y miedo, como quien reconoce que sobrevivió a algo pero no sabe bien a qué. En términos psicoanalíticos, podríamos hablar de una caída del ideal del yo, de una fractura en la identificación. Pero dicho sin tanta biblioteca: se te cae la máscara… y abajo no siempre hay algo listo.

Acá es donde, inevitablemente, aparece Franz Kafka, ese tipo que parecía escribir expedientes emocionales más que cuentos. En La metamorfosis, Gregor Samsa no se mata: se despierta convertido en otra cosa. Un bicho. Un error. Un sujeto que ya no encaja ni en su casa ni en su propio cuerpo. Y lo más inquietante no es la transformación en sí, sino la rapidez con la que todos —incluso él— aceptan que ese Gregor anterior ya no existe.

Kafka entendió algo que en el consultorio se repite: la identidad no se rompe con un estruendo, sino con una especie de resignación silenciosa. Nadie viene a rescatarte de esa mutación. No hay épica. Hay incomodidad, vergüenza, una sensación de estar ocupando un lugar que ya no te corresponde.

Ahora bien, hay otra escena menos literaria y más frecuente: la de la autodestrucción como ensayo fallido. Porque no todos logran “matar” una identidad para transformarla. Algunos la desgastan. La sabotean. La empujan contra la pared a ver si así, de una vez, deja de joder.

El tipo que pierde todo a propósito —trabajo, pareja, rutinas— pero sin admitir que quiere cambiar. El que se mete en vínculos que sabe que van a terminar mal. El que se queda donde no quiere estar hasta volverse irreconocible. No es exactamente un suicidio simbólico. Es más bien un intento torpe, inconcluso. Una demolición sin proyecto.

Desde el psicoanálisis, uno podría decir que ahí no hay elaboración sino acting out: el conflicto no se piensa, se actúa. Pero traducido a la vida cotidiana: el sujeto no se transforma, se rompe.

Y lo curioso es que muchas veces eso tampoco alcanza.

Porque la autodestrucción, a diferencia de la transformación, no inaugura nada. Es un movimiento en falso. Un gesto desesperado que no logra producir un “después”. Como si uno quisiera dejar de ser quien es, pero sin hacerse cargo del trabajo —lento, incómodo— de convertirse en otra cosa.

Kafka también estaría cómodo ahí. No en la metamorfosis consumada, sino en ese momento previo donde el cuerpo ya no responde, donde la identidad empieza a fallar, pero todavía no hay forma nueva que la reemplace. Un intermedio incómodo, casi patético.

Lo interesante —y lo inquietante— es que esta “muerte” no siempre es una elección consciente. A veces es una defensa. El yo, acorralado, decide sacrificar una parte para que el resto siga funcionando. Como esos pueblos que queman un puente para que el enemigo no avance, aunque sepan que después tampoco van a poder volver.

En otros casos, en cambio, hay algo más parecido a una decisión íntima, casi clandestina. Gente que un día se cansa de sostener una versión que ya no le cierra. Y entonces rompe. Deja trabajos, vínculos, incluso pasiones. Desde afuera parece locura o irresponsabilidad. Desde adentro, suele ser una cuestión de supervivencia.

El problema —porque siempre hay un problema— es que nadie te enseña a habitar el después.

La cultura celebra los cambios, pero no tolera bien las transiciones. Quiere relatos claros: antes eras esto, ahora sos aquello. Pero en el medio hay una zona turbia donde uno no es ni una cosa ni la otra. Un limbo. Y es ahí donde muchos pacientes se angustian: no por lo que perdieron, sino por no saber todavía quiénes son.

Kafka, si uno lo piensa, no hablaba de insectos. Hablaba de esto. De lo fácil que es dejar de ser alguien cuando el mundo —familia, trabajo, rutina— deja de reconocerte. Y de lo difícil que es sostener una identidad cuando ya no hay mirada que la confirme.

En ese sentido, el suicidio simbólico no es el final de nada. Es apenas una interrupción. Un corte en la narrativa. Como si la vida hiciera una pausa incómoda y dijera: “Bueno, arreglate con esto”.

Y uno, más o menos, se arregla.

A veces mejor. A veces peor. A veces repitiendo lo mismo con otro nombre, porque tampoco hay que idealizar: hay muertes que no transforman, solo disfrazan. Y hay autodestrucciones que ni siquiera logran eso: apenas dejan un rastro de desgaste, como una casa abandonada que nadie termina de demoler.

Pero en el mejor de los casos —que no son tantos, pero existen— algo se reordena. No para convertirse en una versión “superior” (eso es verso de autoayuda), sino en una versión un poco más honesta.

Más propia.

Quizás por eso, cuando alguien dice en sesión “siento que una parte de mí murió”, no conviene apurarse a consolarlo. Tal vez no sea una tragedia. Tal vez sea, simplemente, el precio de seguir viviendo sin mentirse demasiado.

Y en este país —donde todos actuamos un poco para sobrevivir, y a veces también nos saboteamos con una eficacia admirable— eso ya es bastante.

Lic.Mariano Montoya