La voluntad de poder en el fútbol: Una perspectiva psicológica

Lic. Mariano Montoya

2/9/20264 min read


La voluntad de poder (Wille zur Macht), según la concebía Nietzsche, no tenía nada que ver con el poder sobre otros. En realidad, se refería a esa energía vital que nos mueve: ese empuje constante que nos obliga a superarnos, a convertirnos en nuestra mejor versión y a desplegar al máximo nuestro potencial. No se trata del capricho de un dictador, sino del motor fundamental para crecer y creer en nosotros mismos.

Mi primer encuentro con esta poderosa noción ocurrió a los 14 años, al abrir las páginas de Así habló Zaratustra. Fue, hay que decirlo, una lectura frustrante: la densidad del texto me resultó casi incomprensible. Sin embargo, el concepto de la voluntad de poder se me grabó a fuego. Lo interpreté, de manera intuitiva, no como el deseo de imponerse, sino como un impulso vital e interno que nos empuja a avanzar, a desarrollarnos y a expandir nuestras fronteras personales. Era el reconocimiento de una fuerza que nos arrastra más allá de lo establecido, de lo cómodo.

Paradójicamente, con el paso de los años, fue mi hijo quien —al introducirme en el mundo del fútbol— me condujo hacia una comprensión más terrenal y profunda de este concepto. Digo paradójicamente porque, a pesar de ser el padre, muchas veces ha sido él el catalizador de mis propias exploraciones. Fue en los márgenes de ese deporte, sin buscarlo y a la vez buscándolo —como suelen suceder los descubrimientos significativos—, donde comencé a escuchar historias de vida que resonaban con la Wille zur Macht. Hablo de relatos de jugadores, de infancias precarias, de la influencia decisiva de sus padres, del sendero espinoso que debieron recorrer.

Dos ejemplos concretos me impactaron especialmente. La imagen de Di María y su madre pedaleando juntos en bicicleta para llegar a los entrenamientos se convirtió, para mí, en un símbolo de una voluntad compartida que desafía las limitaciones materiales. Y la historia del padre de Lionel Scaloni: un hombre que trabajaba acarreando piedras y que, al caer la noche, no habilitaba el descanso ni el conformismo, instando a su hijo a ir inmediatamente al potrero, repitiéndole que no había tiempo que perder.

Estas historias me condujeron a una serie de preguntas cruciales: ¿la voluntad se hereda o se aprende? ¿Es una cualidad innata o una disciplina adquirida? ¿Radica su poder no tanto en lo que se proclama, sino en lo que se ejecuta de manera sostenida? Comencé a discernir que, quizás, la “garra” que impulsa a un jugador a correr incansablemente los 90 minutos detrás de una pelota no es cualitativamente idéntica a la que sostiene a un ciclista frente a una etapa de 200 kilómetros. Ambas son expresiones de voluntad, sí, pero moldeadas por desafíos distintos.

Para Nietzsche, la voluntad no era simplemente un instrumento de superación personal; era, ante todo, un acto de creación: la imposición de una forma, un orden y un sentido propios sobre un mundo que, en su estado bruto, es caótico e indiferente. No estamos aquí solo para sobrevivir ni para perpetuar la especie —una visión que quizá alimentaba su conocida “bronca” con Darwin—, sino para otorgarle una justificación trascendente a nuestra existencia mediante la manifestación de esa voluntad.

Desde la voluntad entendida como interpretación, es posible desglosar cómo este impulso se traduce en acción:

El sacrificio redefinido: la inversión de energía.
Aquello que, desde la mirada externa, podría catalogarse como un “bajón”, una fatiga innecesaria o un desgaste “al cuete”, para el jugador es, en su experiencia interna, una inversión estratégica de energía. No percibe los kilómetros recorridos detrás de una pelota como un lastre, sino como el prerrequisito indispensable, el capital físico y mental que le permitirá alcanzar el dominio pleno del campo de juego. El esfuerzo se transforma así en promesa de potencia futura.

Crear el propio valor: la verdad autoimpuesta.
El deportista eleva su disciplina —el fútbol, en este caso— a la categoría de valor supremo y central. La afirmación “correr detrás de un balón es vital” no posee una validez universal intrínseca; sin embargo, la fuerza de su voluntad individual la convierte en una verdad irrefutable para sí mismo. Al adoptar esta perspectiva y vivir bajo su mandato, le otorga sentido profundo a su esfuerzo cotidiano y a su vida en ese momento preciso, transformando una actividad contingente en un destino autoelegido, en un adjetivo central de su propia identidad.

Vencer la resistencia: la medida de la potencia.
La voluntad de poder se manifiesta en su forma más pura en el enfrentamiento y la superación de un obstáculo real. El cansancio acumulado, el dolor físico del camino, la resistencia del cuerpo y del entorno se convierten en el antagonista exacto frente al cual el jugador puede calibrar la magnitud de su propia potencia. El obstáculo deja de ser un impedimento para convertirse en una herramienta de medición de la voluntad. Cada victoria sobre el agotamiento reafirma su poder y lo impulsa hacia la siguiente prueba de fuerza.

En síntesis, la voluntad de poder es una manera de ordenar el mundo, de dotarlo de sentido, de resignificarlo. Para quien está fuera de ese juego, ser ciclista, futbolista, psicopedagoga —o cualquier otra forma de entrega— resulta muchas veces inentendible. Desde afuera, ese esfuerzo, esa insistencia en correr, en avanzar, en ponerse a prueba, parece absurda. Desde adentro, en cambio, es la forma más auténtica de existir y coexistir.